domingo, 23 de febrero de 2014

Relato EL SAMARITANO, publicado en Apenas unos minutos (incluido en LMEOC)


(Traduction en FRANÇAIS sur LE SAMARITAIN).
Publicado en Apenas unos minutos;
Madrid, Ed. Clara Obligado, 2007.


    Aquella tarde, delante de su porche, se había apeado una cazadora negra con un águila roja de cuero en la espalda, y una voz estertórea, como la motocicleta que traía, lo había saludado:
       - ¡Vaya calor!, ¿eh?

   Ñiiiiiik... ñik, ñiiiiiik...ñik. Hacía meses que debía haber engrasado la mecedora. Pero a él le gustaba ese ruido; le acompañaba en las tardes de aquel verano que olía a carne quemada. Sí, debería haber dado un poco de manteca de cerdo en los clavos, pero la pereza era generosa en medio de aquella calima indestructible.
     - Sí, mucho calor. ¡En el infierno se podría estar más fresco!- replicó el viejo secando con un  pañuelo su frente.
      - No me extrañaría. ¡En un día como hoy!...-, el extranjero sacó un cigarrillo y lo encendió frotando una cerilla en su cinturón-. ¿Sabe dónde podría rellenar a Betty?

      Bajo la sombra pegajosa del chamizo, detuvo el balanceo y con una mano se colocó el único tirante de su peto descolorido. En la otra, sostenía un vaso de whisky. Deslumbrado, miró hacia arriba y, como todos los días, allí estaba el águila, girando sobre su cabeza, preparándose para caer en picado. Volvió a dirigirse al forastero:
    - Estás a cincuenta y ocho millas de la siguiente estación de servicio. Quizá quieras quedarte a vivir aquí-, y se carcajeó de su propia ocurrencia.
     - ¿Vivir aquí? Pues no sería mala idea... En realidad, no voy a ninguna parte...

     La figura de aquel extraño desprendía una bondad atávica; cada uno de sus gestos regalaba confianza. Un escalofrío recordó al anciano la misma sensación de aquella vez en que Dios lo tocó con su mano. Sin titubear, confesó:
    - ¿Sabe?... Yo quiero morir. Pero nadie se atreve a apretar el gatillo de mi escopeta. Desde hace años lo llevo pidiendo a todo el que pasa. Pero todos creen que estoy chiflado.
      - ¿Y no lo estás?
      - No.

      La sombra del águila planeó sobre la cabaña, envolviéndolos.

     Los ojos de los dos hombres se encontraron en aquel silencio polvoriento. Al viejo le pareció ver en el extranjero dos pupilas de águila. Y creyó comprender. Se levantó de golpe y se deslizó hacia el interior en busca de su arma. Sin darse cuenta, golpeó el vaso que estaba bebiendo y una mancha oscura avanzó sobre los tablones de madera.

      El águila del oeste revitalizó su vuelo.

   Al regresar, con una emoción mal disimulada extendió al forastero su rifle de cañones recortados. Se sentó en la mecedora, la orientó hacia el extraño, se ató definitivamente su único tirante y se ensalivó las manos para echarse hacia atrás los cabellos blancos que le quedaban. Y sonrió, clavando los ojos en aquel ser:
      - ¡Alabado sea el Señor!- exclamó desbordado.
     - Hoy no tengo prisa por llegar a ningún lado...- reconoció el hombre de cuero-. Siempre que puedo me gusta hacer favores a la gente...

    La gratitud se dibujó en el rostro del viejo, que esperaba inmóvil, mientras un estallido de pólvora retumbaba en las arenas mudas de aquel desierto perdido. Durante algunos segundos el chirrido de la mecedora permaneció balanceándose y después su eco se extinguió. La bala le había traspasado hasta incrustarse en una jardinera malva con exuberantes helechos de plástico, testigos desde el poyete de la ventana.

      El desconocido se dio la vuelta, se sentó en las escaleras del porche y apoyó el rifle humeante contra la baranda. Miró al cielo. Con las garras abiertas, la rapaz descendió majestuosa hasta posarse sobre la arena, delante de él. Y muy lentamente recogió sus alas.







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